5 DE OCTUBRE · DÍA DEL DOCENTE

Día del Docente

Una profesión fascinante

Si me hubieran dicho al principio que ser profesor universitario consistiría, en gran parte, en rellenar formularios de acreditación, ceñirme a aplicaciones informáticas que no siempre colaboran y justificar ante la administración que hacemos exactamente lo que hacemos, quizá habría tenido un ataque de prudencia. Pero la verdad es que, a pesar de las prisas, el calendario implacable y la tentación recurrente de preguntarnos «¿quién me dijo de entrar aquí?», sigo convencido de que tenemos una de las profesiones más fascinantes del mundo.

Porque ser profesor universitario es, ante todo, un placer y un verdadero privilegio. Un placer porque nos apasiona lo que enseñamos; y un privilegio porque pocas tareas son tan emocionantes y al mismo tiempo tan desafiantes como la responsabilidad de acompañar y formar el talento de quienes mañana serán los profesionales de nuestro entorno. Cuando entras en el aula y ves esa curiosidad en los ojos de alguien que acaba de abrir una puerta que antes no existía, el cansancio de la semana desaparece de repente.

Una universidad bajo tensión

Sin embargo, no nos engañemos ni pequemos de ingenuos: el contexto actual no invita a la complacencia. La universidad pública en España vive en constante tensión. Desde fuera, sufrimos una falta de financiación crónica que a menudo nos deja huérfanos de los medios necesarios, tanto para la docencia como para la investigación, mientras una sociedad impaciente y acelerada por la tecnología cuestiona nuestros ritmos, nuestros formatos y la pausa necesaria para el pensamiento crítico ante una institución que, por naturaleza, madura lentamente.

De puertas a dentro, la situación tampoco es fácil. Durante años hemos visto cómo la enseñanza ha perdido peso simbólico ante una carrera académica que recompensa casi exclusivamente el impacto en la investigación, demasiado a menudo medido con indicadores mercantilizados, obligándonos a hacer malabarismos para no restar tiempo a las clases. A esto se suman aulas cada vez más numerosas y diversas, una creciente sensación de soledad institucional ante la pérdida de autoridad pedagógica y, por supuesto, esa marea burocrática insaciable que consume las mejores energías de los profesores sin aportar ni un ápice de valor académico real.

Lo que nos une

Pero precisamente hoy, Día del Docente, debemos recordar lo que nos une. Ningún expediente administrativo, ningún ratio desbordante ni ningún informe de gestión puede competir con el significado más profundo de nuestra vocación: la comunidad que formamos. Somos nosotros quienes sostenemos la universidad pública cada mañana en el aula, compartiendo conocimientos, guiando vocaciones y creando el futuro.

Exigir más recursos, menos burocracia y un reconocimiento digno por la enseñanza no es una queja corporativa; es un acto de responsabilidad hacia la sociedad a la que servimos.

En cualquier caso, a pesar de todos los arrepentimientos, sigue pagando (y mucho) la pena ser profesor.