El reciente comunicado del VPOA de la mano de la Gerencia celebra el abono de 1,5 millones de euros como un “programa de éxito” y una muestra de “apoyo directo” al PDI. Sin embargo, es imperativo retirar el envoltorio propagandístico de este “regalo” y, sobre todo, no olvidar.
La realidad contable es tozuda: el Programa EDA no se nutre de la generosidad institucional ni de fondos nuevos. Se financia con la retención de nuestra productividad: esas dos anualidades (2019 y 2020) de la famosa “bufanda” que nunca llegaron a nuestras nóminas. La Universidad ha ejecutado una brillante maniobra de prestidigitación financiera, transformando salario líquido (de libre disposición) en crédito restringido (limitado a material, viajes y dietas).
La situación roza el absurdo kafkiano: el trabajador está financiando, con su propio sueldo, los medios de producción de la empresa. Es cómo si a un obrero le retuvieron la nómina porque él mismo se comprara el cemento, la paleta, o un curso de formación en nuevos materiales, y encima la constructora enviara una carta esperando aplausos para “apostar por su talento” y “reconocer su valor”.
Llamar a esto “dotar de recursos económicos” es un eufemismo doloroso. No es una inversión de la UPV; es una devolución condicionada de lo que ya era nuestro. Menos autocomplacencia por un “proyecto extraordinario” y más restitución salarial real.