Si miramos los datos el retrato es bastante elocuente: el poder en la UPV continúa siendo un espacio ampliamente masculinizado. No es una impresión subjetiva ni una exageración militante. Son números.
En el máximo órgano de gobierno, hay 43 hombres ante 22 mujeres. Es decir, dos de cada tres miembros son hombres. Una proporción que, si fuera casualidad, sería una casualidad extraordinariamente persistente. La toma de decisiones estratégicas continúa teniendo voz mayoritariamente masculina. Las mujeres están, sí, pero claramente en minoría.
Solo dentro del colectivo del PTGAS se produce una compensación parcial de esta desproporción, en parte gracias a las cuatro representantes de STEPV-Más UPV. Una pequeña brecha en una estructura que, en conjunto, se mantiene bastante homogénea.
Y si miramos los centros, la cosa se acentúa: de los 14 centros, 11 están dirigidos por hombres y solo 3 por mujeres. Esto significa que casi el 80% de las direcciones recaen en hombres. Una concentración que ya no es sutil ni discutible: es estructural.
La situación no mejora demasiado si bajamos al nivel de los departamentos. De los 41 departamentos, 26 están dirigidos por hombres y 15 por mujeres. Es decir, aproximadamente un 63% de direcciones masculinas. No es una exclusión total, pero tampoco podemos hablar de equilibrio. La normalidad continúa teniendo nombre de hombre.
Así, órgano de gobierno, departamentos y centros dibujan el mismo patrón. Los espacios de decisión y liderazgo están mayoritariamente ocupados por hombres. La masculinización no es puntual; es sistémica.
Quizás no es casualidad que la Universitat de València tenga seis personas contratadas en políticas de igualdad, mientras que aquí tenemos solo tenemos una. Quizás cuando el poder está tan claramente masculinizado, la igualdad no aparece como una urgencia, sino como un complemento.
¡Puede ser… sí!